sábado, 28 de agosto de 2010

El valor del sacerdocio en el siglo XXI



Como es bien sabido por todos, estamos atravesando por una época difícil y llena de adversidades; muchos pierden la fe y la confianza en Dios y en su Iglesia, debido a que un sin número de personas no han tenido la suficiente capacidad para comprender la obra redentora, que por Jesucristo, se ha venido realizando desde muchos siglos atrás en medio de nosotros.

Ahora bien, uno de estos signos de la salvación en nuestro tiempo es el sacerdote, pues como muchos a sido llamado por Dios a la vida, pero de un modo especial, a una vida de entrega por sus hermanos. Los tiempos han cambiado en gran manera; ya muchos cambian la imagen del sacerdote, siervo de Dios, por la de un esclavo de los intereses, y de las debilidades.

No es ni será así jamás, puesto el sacerdote ha sido colocado en medio de sus hermanos, para ser imagen viva de quien lo ha llamado a la vocación del verdadero amor, siendo el siervo de los siervos del Señor. Un hombre que ha sido hecho todo en todos cuantos lo rodean. Es verdad que muchos de ellos han caído en el error, pues nuestra condición humana, al igual que la de ellos, está en la debilidad del pecado, pero es aquí donde se hace primordial comprender que su lucha es mucho mayor que la nuestra, pues tratan de llevar sus vidas mucho más allá de lo que nosotros podemos, para cumplir su deber.

Nosotros que comprendemos la necesidad que tienen nuestras comunidades de Dios, debemos entender que el valor del sacerdote, que es cada ves más infinito, radica en ser el mensajero de las buenas noticias, que no solo están en las palabras, sino también en el testimonio de su vida. Lo más que podemos hacer es orar de forma incansable por estos hombres, que comprenden que el llamado de Dios a la salvación, se refleja en el rostro de cuantos necesitan ser por él salvados.

Que el sacerdote siga siendo imagen de Jesucristo vivo y resucitado, y que nosotros seamos cada día más promotores de su fidelidad. Pues comprendemos que el sacerdote predica lo que el Espíritu le manda, y comprende que el amor no se puede enseñar, pero que es vital aprenderlo.

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